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Entre los motivos evidentes por los que las contribuciones a la ciencia y a la tecnología por parte de las mujeres han sido y siguen siendo prácticamente desconocidos, el principal es el escaso o nulo reconocimiento sobre su valía y capacidad por parte de una sociedad que históricamente ha estado basada en la supremacía del hombre sobre la mujer, aun en los países supuestamente más desarrollados. Afortunadamente, esta tendencia va en disminución gracias a la concienciación social y al reconocimiento legal, arduamente reivindicados por todos aquellos, mujeres y hombres, que han creído en la igualdad de derechos y oportunidades para ambos sexos a lo largo de la historia.
Recoger las aportaciones de las mujeres al mundo de los inventos, o su contribución a la tecnología, es complicado ya que la legislación sobre patentes en la mayoría de los países, durante siglos, favoreció la ocultación de los logros femeninos: las mujeres no podían poseer propiedades y las patentes se registraban a nombre de sus maridos, padres o colegas masculinos.
Es a partir del siglo XX cuando se puede hacer recopilación de los inventos realizados por mujeres.
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Con las crudas consecuencias de esta crisis económica que estamos sufriendo se han puesto al descubierto con nunca antes las miserias que se derivan de este déspota sistema capitalista al que globalmente se ha abrazado como única alternativa posible al sucumbido sistema comunista. Este sistema prioriza el consumo salvaje como motor que genera la estabilidad de los mercados y de las entidades financieras que los sostienen. El problema es que cuando se genera una crisis, todo aquél que se queda fuera del círculo: producción-retribución-consumo, es ignorado y marginado por este sistema y sufre sus consecuencias. Hasta ahora el capitalismo ha ignorado la discrepancia procedente de los valores humanos ya que, para este sistema, todo lo que no es mercancía carece de valor.
